jueves, 7 de enero de 2010

La señorona

 

Al fondo del bar, humo y luces tenues. Tan dramático es para ella el no ser capaz de desprenderse de aquellos modales empañados de naftalina como que le quede como un saco cualquier modelito de “haute couture” cortado a medida. Sus formas de señorona de sesenta años contradice una edad biológica que no llega al tercio de siglo. Harta de la imposibilidad de verse favorecida de forma alguna por los modelitos acordes con los años que pone en su carné de identidad ha optado por el luto como base de su fondo de armario. El negro de moda entre los góticos, aquél que siempre se considera que combina bien con cualquier cosa, el que se cree que hace la silueta más estilizada, en su caso se transforma en un borrón en tu visión periférica. De pronto un manchurrón negro llena el espacio, mientras un aroma de flores marchitas toma posesión del ambiente transformando al resto de los presentes en estatuas convidadas a su prematura decrepitud.

Dicen que perdió la razón como una Penélope de Serrat. Que por eso habla en voz alta consigo misma con un tono que hiere el tímpano de todo aquél que están en un radio más o menos próximo a su influencia. El tema casi siempre es ella misma en una suerte de monólogo autobiográfico con el que templa los días para darles la forma que mejor se adapte a su incapacidad de que alguien se interese por su incesante charloteo. Aquellos que, por desconocimiento o audacia, han tratado de interesarse por lo que dice, por sus historias, sus anécdotas o sus necias opiniones, generalmente no sacan nada en claro más que desquiciadas disquisiciones sobre la vida que dan lugar a comentarios jocoso. Especialmente cuando, con un auditorio que la presta atención, trata de hacerse más intelectual de lo que es.

Al fondo del bar puedes llegar a escuchar perlas que persisten en tu memoria dado el asombro que te producen como aquello de “Una vez me he fumado un porro de manzanilla y casi me muero”, esas opiniones políticas dignas de usarse como muletilla en cualquier conversación del tipo “Hay que distinguir entre dos izquierdas: la buena y la mala”, los impagables momentos literarios “Me gusta mucho Monterroso, nunca me he terminado de leer su historia sobre el dinosaurio, pero lo sigo mucho” o “Pocoyo es demasiado intelectual para mí”, sin olvidar sus conocimientos histórico-electricistas “Me he quedado sin luz en casa: se ha caído la gleba”

Cerca de la cirrosis, la dejamos en el fondo del bar, humo y luces tenues, mientras ojea el Venca como quien revisa el Vogue.

mp3: Lostprophets “It’s not the end of the world but I can see it from here”

1 comentario:

Beatriz dijo...

Jajajajaja, pero qué bueno! Eres malo, babe!