miércoles, 14 de mayo de 2014

El cielo es para la neurociencia: Cómo el cerebro crea visiones de dios (II)

Lee el artículo original aquí.



¿Es la epilepsia la respuesta a las visiones celestiales? Tal vez el caso de Dostyevsky lo pueda explicar.



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En su nivel más básico, la epilepsia involucra neuronas que se activan cuando no debieran lo que genera una especie de tormentas de actividad eléctrica dentro del cerebro. Las neuronas se pueden activar por distintas razones. Algunas neuronas se desarrollan con malformaciones en los canales de su membrana y no pueden regular el intercambio de iones. En otras ocasiones, cuando los axones están dañados, las neuronas sufren descargas eléctricas simultáneas, como si fueran cables eléctricos pelados. A veces estas alteraciones son de carácter local y sólo afectan a una parte del cerebro, lo que sería una crisis parcial. Otras veces, la crisis cortocircuita por completo el cerebro llevando a crisis de distinta intensidad. Las crisis tónico-clónicas (o gran mal) comienzan con rigidez muscular y terminan con movimientos convulsivos y espumarajos: el comportamiento que todos tenemos en mente cuando nos referimos a la epilepsia. Los petit mals no conllevan convulsiones pero normalmente causan “ausencias” durante las que el enfermo queda congelado y su mente se queda en blanco durante unos momentos.


El desencadenante de una crisis epiléptica puedes ser increíblemente específico: determinado olor, luces brillantes, cubos de Rubik, fichas de mah-jongg, instrumentos de viento, parásitos. Aunque relativamente embarazosas, las crisis no siempre comprometen la calidad de vida y, en algunas ocasiones, suponen un beneficio. Algunos de aquellos que sufren una crisis por primera vez de pronto descubren que son capaces de dibujar mejor o de apreciar la poesía. Algunas mujeres incluso disfrutan de orgasmos durante las crisis. Dejando de lado los desencadenantes específicos, las crisis se dan de forma mayoritaria durante momentos de estrés o problemas psicológicos y emocionales. El mejor ejemplo de esto sería Fyodor Dostoyevsky.


Los biógrafos no se ponen de acuerdo si Dostoyevsky sufrió algún ataque durante su juventud, pero él mismo confirmó que la epilepsia apareció sólo tras un simulacro de ejecución en Siberia. Dostoyevsky y otro radicales fueron arrestados en abril de 1849 bajo la acusación de conspirar para destronar al Zar Nicolas. Aquél diciembre los soldados arrastraron al grupo a una plaza nevada con tres altos postes plantados en el centro. Hasta aquél momento los camaradas creyeron que les sentenciarían a trabajos forzados picando piedras. Entonces llegó un sacerdote junto con un pelotón de ejecución y los funcionarios les hicieron entrega de casacas blancas para que se las pusieran: mortajas. Dostoyevsky se puso frenético, más aún cuando un amigo señaló un carro que parecía contener ataúdes. Los soldados arrastraron a los cabecillas del complot hasta los postes y cubrieron sus ojos con vendas blancas. Los pistoleros alzaron los rifles. Transcurrió un minuto agónico. De pronto, bajaron los rifles y un mensajero llegó trotando a caballo con el perdón del zar. En realidad Nicolas organizó toda la farsa para enseñar a los conspiradores una lección, pero el estrés sacó a Dostoyevsky de sus casillas. Y tras pasar varios meses en un campo de trabajo (el zar no les permitió irse libres tan fácilmente), los abusos de los guardias y las duras condiciones meteorológicas finalmente le llevaron al límite, desencadenando su primera gran crisis: convulsiones, espumarajos… todos los síntomas.


Aquella primera crisis redujo el umbral de tolerancia del cerebro de Dostoyevsky y, tras esa primera vez, el más mínimo estrés, físico o mental, podía dar lugar a una crisis. El descorche de un champán, mantenerse en pie toda la noche escribiendo o perder dinero en la ruleta, podrían ser desencadenantes. Hasta una mera conversación podía ser la causa: durante una acalorada disquisición filosófica con un amigo en 1863, Dostoyevsky comenzó a andar arriba y abajo moviendo los brazos, exaltado respecto algún punto. De pronto se tambaleó. Su cara se contorsionó y las pupilas se dilataron, cuando abrió la boca se escapó un quejido: la contracción de los músculos del pecho forzaron que expulsara todo el aire de golpe. La crisis que siguió fue intensa. Un incidente similar ocurrió unos años después cuando se colapsó en el divan del salón en casa de la familia de su esposa y empezó a aúllar de forma clamorosa. Los sueños podían ser otra razón que desencadenara una crisis, tras las cuales mojaba la cama. Dostoyevski comparaba los ataques con posesiones demoniacas y muchas veces transponía la agonía de las mismas en su escritura, incluyendo personajes epilépticos en “Los hermanos Karamazov” o en “El idiota”.


Parte I




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