miércoles, 19 de agosto de 2009

Correspondencia con líneas 1 y 9

[...]

él probó         sólo falta que me quede a dormir
y ella probó         por qué no te quedas
y él         no me lo digas dos veces
y ella         bueno por qué no te quedas
de manera que él se quedó         en principio
a besar sin usura sus pies fríos         los de ella
después ella besó sus labios         los de él
que a esa altura ya no estaban tan fríos
y sucesivamente así
                                         mientras los grandes temas
dormían el sueño que ellos no durmieron.

Mario Benedetti "Los formales y el frío"

Volvía a casa a esa hora en la que el metro es un tren lleno de exiliados camino del destierro. Todos entretenidos en los quehaceres banales con los que conjurar el tiempo para que transcurra a una ritmo diferente a los sesenta segundos por minutos: un matrimonio compartían recuerdos como quien compara cicatrices; un joven actor de una serie de televisión se parapetaba detrás de unas enormes gafas de sol confiando en sus propiedades de invisibilidad, aunque nadie le prestara atención (la serie estaba a punto de ser cancelada y su papel era tan secundario y él tan anodino, que no podía formar parte del imaginario lúbrico de la "Nueva Vale"); mas allá un chico se perdía en los versos de Verlaine en una manoseada edición de Loewe;  otro tipo agitaba la cabeza al ritmo de su mp3, con unos movimientos tan compulsivos que parecía estar sufriendo un ataque de epilepsia; la treintañera anoréxica cruzaba sus piernas, se mesaba el fosco cabello y no dejaba de abrir el móvil buscando cobertura y, quizás, algún mensaje. Yo revisaba cada parada anunciada por megafonía esperando un error, tratando de coger a la grabación en un renuncio o que, por arte de magia, apareciera en una estación completamente distinta a la prevista.

metromadrid

Entre dos estaciones, una de las viajeras en la que no había reparado, sin previo aviso, empezó a llorar, sin motivo aparente. Se cubrió el rostro con las regordetas manos y su sollozo captó la atención de todo el vagón, que contemplaba distraído el movimiento convulso de sus hombros. Se ven cosas tan raras en el metro que casi nadie prestó más atención que la propia de la curiosidad, al llanto de aquella mujer. Nadie, salvo el ocupante del asiento frente a ella, le prestó la menor atención, tratando de concentrarse en sus cosas, pero él se puso en cuclillas ante la quejumbrosa mujer para preguntarle qué era lo que le ocurría. No sé qué es lo que vería ella al alzar la mirada, pero le dijo algo que el respondió, haciendo que esbozara lo que parecía el intento de una sonrisa. Él acarició su rodilla. Ella se ruborizó pero no apartó la pierna. Él sonrió al tomarla de la mano. Ella entrelazó los dedos con los de él. Antes de que nadie nos diéramos cuenta, sus labios -los de él- recorrían su cuello -el de ella- sin dejar de buscar algo bajo el dobladillo de los cortos pantalones -los de ella- con sus largos dedos -los de él.

Al poco, olvidado el episodio de llanto, llegamos a la parada donde sólo ellos se apearon del vagón. El resto de desterrados, camino de nuestro exilio, nos miramos con una chispa de envidia en el fondo de las pupilas. "Seguro que se conocían", sentenció la mujer casada, para todo aquél que quisiera prestarle atención.

mp3: Eri Yamamoto "Subway song"

1 comentario:

beatorisu dijo...

Qué buena historia! Llena de detalles que describen de forma cotidiana una situación que sólo es real a partir de las 12 de la noche.